«… Crucé el umbral de
Sevilla entre columnas de humo, el crujir de puertas rendidas y el clamor de
los míos. Sentí bajo mis botas la herida abierta de los siglos y en los muros,
el eco de rezos extinguidos. Recé en silencio por los que soñaron esta hora y por
los que sufrirían su precio. No había gloria suficiente para lavar el llanto de
la tierra. Juré entonces no olvidar: toda conquista es herida, y sobre la
sangre solo puede florecer el perdón…» (José Francisco Sánchez Lozano, pág. 40,
«El umbral de Sevilla»).
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