
ENTRAMBAS
PELEAS
«Dábale cuenta de su alma y de su vida; pedíale guía para darse a Dios sin
faltar a las obligaciones de rey y hombre».
A
Fernando, mi esposo, se le han hecho ajenas las palabras de su niñez. Envuelto
en un silencio de dudas, la vida le exige un idioma distinto. Fernando, mi fiel
compañero. No podría describirlo lo suficiente. Quizá baste decir que es
indescriptible. Ojalá le salieran alas a su cuerpo entumecido para volar sobre
el dolor del recuerdo en las vértebras, a horcajadas sobre su montura. Si
resbala y cae, quiero hacerlo con él. Tenerlo conmigo es algo extraordinario.
Callo por no agitar el aire a nuestro alrededor y quebrar el equilibrio frágil
de la realidad efímera de su presencia. Cuando sale de la cámara, y
esta es cosa que nadie sabe de él, lleva en la escarcela la hoja con lo que de
noche tratamos. Al amor que me da, añade esta adehala y bendice a nuestros
vástagos, las dos cesadas y los siete vivos. A mí me alaba, conocedora de sus
recovecos, por limpiar sus rodillas sucias, acunar su cuerpo lleno de
cicatrices y velar costras de su convalecida. Y cuando le recito «Érase una vez
un niño…», mete baza y dicta: «Hombre soy, y cuando muera seré de tu corazón,
no pierdas cuidado, apenas lo dañaré».
Fray Telmo, docto de Frómista con quien ensancha Castilla, me
revela cuán pulido está por la humildad y que, temiendo a la impureza más que a
las huestes moras, sabe que su pavura oculta no es sino el fervor por mí. Pide
a Dios moderar sus apetitos si no atañen a la guerra contra el infiel, porque
soy su guerra dulce, un orbe sutil de cristal en un lecho que repica loando la
ternura. Su aliento, lejos del rumor de las batallas y entre los muros que nos
cobijan, silencia el roce de la ropa cayendo en cascada hasta el suelo cuando
nos paseamos cual mapas desnudos y con sed de olas.
Luisa Fernanda Rodríguez
Lara
Sevilla.
(XVIII Antología)
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