«… Tras mi sombra quedan Córdoba, Jaén,
Murcia, Sevilla. A Dios lego la unidad de dos reinos, inseparables en adelante
con un mínimo artículo ceñido de laureles. ¿Qué importa lo que ellos digan? Si
dejo la cruz en Sevilla y he tratado de hacer de mi hijo un hombre sabio. ¿Qué
más pueden pedir de su rey, si por sus frutos lo conoceréis? Mas ahora solo
resta un hombre aferrado a su espada, mientras la vida le abandona. Reinos,
títulos, catedrales, promesas, silencios: nada de esto podré llevar conmigo.
Nada partirá junto a mí…» (Adrià Martínez Riera, pág. 178, «Lo que nadie
escuchó»).
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