«Fernando
no lo dudó, abrazaba la cruz con el mismo ímpetu que blandía la espada o la
pluma, y si sus primeras enseñanzas infantiles estuvieron tuteladas por el
latín, tenía la certeza de que el castellano, ese que se había convertido en
lengua vehicular de todos los estratos del pueblo, debía de tomar
definitivamente el relevo…» (Manuel Laespada Vizcaíno, pág. 208, «Con ese mismo
ímpetu»).

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